Mi cuerpo unos cuantos centímetros bajo de la superficie terrestre. El sonido de mi respiración me da indicios de que estoy viva . La rotura de la capa superior de arena me habla del esternón hinchado que crece en cada respiración, cada entrada y salida de aire. Mi cabello continúa creciendo sin detenerse, como puntas de flecha flexibles buscando un orificio lumínico, algún indicio de aire por el que poder escabullirse para ver el sol. Mientras el cuerpo sigue ahí aparentemente inmóvil debajo de la tierra .
Los primeros fueron los pelos de los pies, quienes nunca antes habían sido tan notorios e inquietos. Esos que se encuentran abrigando el frunce del dedo pulgar, justo abajo de las uñas, comenzaron a crecer. De manera alborotada, a eso de las 4 de la mañana algunos folículos que estaban apretados se incomodaron de tal forma que empezaron a saltar queriendo romper la epidermis para comenzar su viaje y fue a eso de las 6am que lograron cuál cráteres activos de un volcán, dar el salto de eyección. Comenzaron los pelos su recorrido hacia la franja solar oxigenada dónde se convertirían en flor. Apenas vieron la luz, comenzó a brotar esa especie de tallo tierno y verde que salía de mi cuerpo luego de unos largos metros, decímetros o centímetros de oscuridad.
Una sincronía que desconozco comenzó a suceder.
Cómo si se hubieran enterado y despertando la celosía de aquellos cabellos más alejados, los de mis brazos y junto a las orejas, los de detrás y arriba de los ojos. Todos los pelos quisieron seguir ese viaje hacia el aire, hacia la luz. Agrupados tomaron carrera y encararon la creación de ese túnel necesario, que les permitiría escapar de la mortuoria energía del cuerpo inmóvil -esa masa casi muerta, aún latente, aún caliente y fibrosa.-. Acusada por las roturas de las revoluciones de todos sus cabellos, el cuerpo agrietado se expresó. Agitado. Rajó sin darse cuenta, la tierra que lo contenía. La masa acusaba el recibo de la gravedad de su propio peso y ahora también de la fuerza que genera el impulso de los pendejos. La cáscara de tierra seca que me aplastaba estaba siendo atacada por esos pelos alborotados, verdes y ridículamente seguros de sí mismos. Antes del anochecer varios tallos verdes como de 1 cm formaban filas alrededor de ese metro y medio cuadrado de superficie. Y en la tierra que los rodeaba apenas se veían unas fisuras. Esa noche fué cuarto creciente, La Luna se llevaba casi toda la sal, casi todo el residuo en mí existente. Las penas, inquietudes y preocupaciones que se alborotaron por salir me hicieron muchas cosquillas. Los líquidos a los cuáles aún debo estar viva se volvieron unidos e inteligentes. Lo creciente y el fenómeno de Torricelli condujeron a la sangre y otros fluidos a tomar una decisión. No podían abandonar a sus fecundos compañeros de nave sin provisiones, sin agua y sin sal. Sabían las partículas todas de H2O que serían el alimento para este ejército verde y velludo que comienza a aparecer en la superficie
Pronunciando tal revolución. Cómo queriendo revelarse de la mortalidad a la que pertenecían, se dieron cuenta de que se moverían lentamente para siempre dentro de ese cuero duro, intentando ablandar la carne desde adentro.
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